*Mujeres luchadoras contra el sistema perverso. Inspiradoras para otras mujeres. *Mujeres que utilizan todas sus "armas", conocimientos, intuición para sobrevivir en un mundo dominado por los hombres. *Mujeres, a veces realmente malvadas, que en ocasiones producen sufrimiento, dolor y muerte.

Mujer símbolo de vida

Mujer símbolo de fuerza

Mujer símbolo de justicia

MAYORES E INVISIBLES

¿CUÁNTAS ROSAS Y ANA MARÍAS HA HABIDO Y HAY?


Acabo de leer un artículo en el diario El País, que no puedo dejar de traerlo al blog por lo perverso e impresionante del relato. Es un artículo de Nacho Carretero que me ha sobrecogido el corazón. Lo copio en el blog porque quiero conservarlo y compartirlo, porque esta, por desgracia, es la historia de miles de mujeres en España y muchos otros paises.

'-Apenas hay datos y protocolos sobre la violencia de género en mujeres mayores. Miles de ellas están atrapadas desde hace décadas en el maltrato sin ser conscientes y sin posibilidad de rehacer sus vidas

Que te maltraten durante uno o dos años es horrible. Ahora imagínate haber sufrido maltrato, golpes e insultos, durante 48 años. Eso es toda la vida. Toda una vida maltratada”. Rosa acepta contar su caso desde el anonimato. Se casó cuando tenía 22 años y hoy está a punto de cumplir los 80. Su marido murió hace nueve. Convirtió su vida en un infierno.

Era imprevisible”, cuenta Rosa en la mesa de una cafetería solitaria, en un barrio de Madrid. “Se enfadaba de pronto y comenzaba como a encenderse y a perder el control. Y eso acababa normalmente en un empujón o rompiendo muebles. Un par de veces llegó a pegarme, aunque no era lo habitual. Lo suyo era destrozar cosas, insultarme, gritarme. Me hacía entrar en pánico. Una noche me empujó y yo me clavé el radiador en la espalda. Casi me deja en silla de ruedas. Todavía hoy padezco de la columna”.

Rosa fue maltratada por su marido durante toda su vida. Lo llamativo es que ella nunca se consideró a sí misma víctima de maltrato. Para Rosa, que su marido le hiciese dormir en el suelo si consideraba que las relaciones sexuales no habían sido satisfactorias o que no le dejase hablar por teléfono si no estaba él delante, era lo que le había tocado. Y había que aceptarlo.

Es este razonamiento uno de los obstáculos más importantes que dificulta ayudar a mujeres mayores víctimas de violencia de género. Un asunto que apenas cuenta con atención, que no dispone de mecanismos y protocolos propios. Y que sume en el silencio y en el olvido a miles de mujeres en España que, durante décadas, han sido maltratadas por sus maridos. Y que todavía lo siguen siendo.

Atrapadas en el machismo


Ana María se casó cuando tenía 20 años después de solo 11 meses de noviazgo. “A mí me pasó lo que me pasó porque me casé con un hombre que no conocía”, dice en el salón de su casa en el centro de Madrid. “Fue como un flechazo, un amor de esos muy romántico y todo era maravilloso. Pero al cabo de uno o dos años empezaron los problemas”.

Se trataba primero de enfados, gritos y golpes contra las puertas. Con el tiempo llegaron los empujones y enseguida las palizas. “Empezó a beber. Bebía a diario y no quería ir a trabajar. Se pasaba el día en el sillón tirado y de ahí al bar. Yo me puse a buscar trabajo porque teníamos tres hijas y había que sacar esa casa adelante, pero él no me dejaba. Se ponía en la puerta, bloqueándome el paso, y me decía que yo no iba a trabajar”.

Ana María recuerda con pánico los años que duró su matrimonio. “Yo estaba en casa con mis hijas y, si veía que pasaban las nueve de la noche, ya nos preparábamos. Ya sabíamos lo que nos esperaba porque venía bebido. Yo, cuando miraba el reloj y eran más de las nueve, temblaba”.

El sonido de las llaves entrando en la cerradura de la puerta era la señal. “Un día entró, vio que le estábamos esperando para cenar y empezó a gritar que por qué no habíamos cenado. Se puso a tirar todo y destrozó un mueble tirando la olla de la comida contra él”. Ana María recibió varias palizas a lo largo de su vida. “Lo peor era por las noches. A veces yo estaba durmiendo y me caía un bofetón de improviso. Yo pasaba las noches en un estado de tensión, de nervios. No sabía cuándo me podía dar una bofetada”.

El infierno lo aguantó Ana María durante casi 30 años. Hasta que una noche, borracho, su marido le puso una pistola en la cabeza mientras ella estaba en la cama. Así la tuvo toda la noche, hasta el amanecer. Cuando él se quedó dormido, Ana María se fue con lo puesto y jamás regresó. “Yo di el paso, empujada por mis hijas. Al cabo de unos días de escaparme me planteaba volver, era mi marido, estaba solo… Pero mis hijas me dijeron que, si regresaba, me olvidara de ellas. Así que nunca volví”.

Ana María dio el paso gracias a sus hijas. No es lo habitual. La mayoría de mujeres mayores no se plantean salir de la relación o romper con la situación de violencia. Porque no pueden. Cuando eran jóvenes no tenían a dónde ir, la mayoría de ellas sin trabajo y dependientes económicamente de sus maridos. Además, en casi todos los casos la familia e incluso los hijos se oponían a que las mujeres dieran este paso. “Llegado a los 70 u 80 años, pues les resulta más fácil aguantar lo que les queda que dar el paso tan traumático de romper con todo y reiniciar su vida. Tienen callo”, dice Marisa Rebolledo.

“Cuidaron de sus hijos, de sus casas, de sus padres, de sus suegros. No cotizaron. No tienen, por tanto, una pensión que les dé libertad. Es precisamente su dependencia económica la que lleva a sus hijos e hijas a no querer o no poder hacerse cargo de ellas cuando deciden dar el paso. Si los hijos no apoyan, es imposible que una mujer mayor deje atrás una vida de violencia. Es el grupo de mujeres de mayor vulnerabilidad, el que tiene más dependencia emocional, física y hasta económica. Y menos oportunidades para rehacer su vida”, añade la doctora Montserrat Lázaro.

Ana María explica el caso de una amiga suya, también maltratada, que huyó de su casa y la Guardia Civil la arrestó y la devolvió al domicilio acusada de abandono del hogar. Ella misma, Ana María, recuerda el día que su hija fue a pedir ayuda al vecino por una paliza que le estaba dando su marido. “El vecino llegó y le pidió calma a Antonio. Diciéndole, ‘a ver Antonio, para hombre, déjalo ya’, como si nada. Y yo en el suelo ensangrentada. Cuando años más tarde denuncié, ese vecino le prohibió a su mujer testificar. Dijo que no era asunto suyo”.

Aquella denuncia de poco sirvió. El juez ni siquiera miró a los ojos a Ana María ni le dejó hablar. Su marido fue absuelto. Aquellas experiencias, esas formas de funcionar, permanecen todavía en la cabeza de muchas mujeres mayores que desisten si quiera de intentarlo.

“Yo ahora -termina Ana María- veo a una chica jovencita a la que su novio le dice déjame ver tu móvil, con quién estabas o algo así y pienso: huye, huye que aún estás a tiempo”.

Resignadas


A falta de estadísticas globales, cabe tomar en cuenta los números de distintas asociaciones o administraciones para poder aproximarnos a una idea. En el Hospital Clínico de San Carlos de Madrid disponen de una Comisión contra la Violencia en cuyo último registro anual se concluye que un tercio de las mujeres mayores de 65 años con señales de violencia resultan ser víctimas de violencia de género.

Marisa Rebolledo es pedagoga social y experta en violencia de género. En los últimos cinco años se ha especializado en violencia contra mujeres mayores, a quienes ofrece formación y asesoramiento a través de un programa del Espacio Ágora. “Falta un estudio profundo y serio a nivel nacional. Este es uno de los problemas más desconocidos que tenemos en España y su gravedad es altísima. Necesitamos datos, conocer la situación y que la gente tome conciencia”.

Explica Marisa que la mayoría de mujeres mayores desconoce las ayudas y las herramientas para salir de una situación de maltrato. “No tienen acceso a ellas o a la información para conocerlas”.

Otro factor que esconde esta problemática es el relacionado con la mentalidad y cultura de muchas mujeres de la tercera edad en España. “Pertenecen a una generación educada en el franquismo y el catolicismo, que acepta su rol y asume que el matrimonio debe ser para siempre. Que es su obligación luchar porque así sea”. Las reflexiones que Marisa escucha de las mujeres en sus jornadas de formación están siempre vinculadas a la asunción: ‘es lo que Dios me ha dado’ o ‘es lo que me ha tocado’.

Esta mentalidad evita, en muchas ocasiones, que las mujeres maltratadas tomen conciencia. Que se vean a sí mismas como víctimas. A no ser que hayan recibido una paliza, es poco probable que, sin formación e información, estas mujeres se reconozcan como maltratadas. Sin ayuda, son incapaces de detectarlo.

La doctora Montserrat Lázaro del Nogal es geriatra en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Explica que, efectivamente, uno de los principales escollos con los que se topa es el silencio. “Algunas mujeres mayores han sido educadas en el machismo, crecidas en la naturalidad de la agresión, minadas de autoestima. Son las que todo lo callan, lo perdonan o ni lo identifican. Es la violencia machista en la última edad. Es un grave problema oculto del maltrato de género”, afirma.

La propia Marisa Rebolledo explica que la mayoría de mujeres perdonan a sus maltratadores o se niegan a hablar mal de ellos tras su fallecimiento. “Hay ahí una mentalidad de pertenencia a su marido, de incapacidad para enfrentarse a él incluso después de muerto”.


Viudas y todavía víctimas

Explica Marisa Rebolledo que a las mujeres viudas no se les considera víctimas de violencia de género porque su marido ya ha fallecido. “En realidad -denuncia- ellas siguen padeciendo los efectos del maltrato. Son víctimas. Son mujeres que han estado aguantando 40 o 50 años de violencia y ahora sufren estrés postraumático, terrores nocturnos, síndrome de indefensión y secuelas físicas irreparables”. Calcula Marisa que un 40% de las mujeres mayores víctimas de violencia de género son viudas.
El problema es que no existen protocolos específicos para ellas. Apenas hay estudios sobre violencia de género en la tercera edad en España. “Se necesita formación específica para ayudar a estas mujeres, articular una atención especializada y ayudas para que puedan rehacer su vida. Y no existen en España donde se ha empezado a hacer caso a esta problemática hace solo 5 o 6 años”, dice Marisa Rebolledo.

“Los profesionales sanitarios tienen dificultades para identificar a mujeres mayores víctimas de maltrato de género. Faltan medios y recursos. También la sociedad tiene dificultades para reconocer este problema”, explica Montserrat Lázaro.

A la invisibilidad también ayuda el reducido número de asesinadas con respecto al total de víctimas. Esto se debe a que la mayoría de mujeres mayores no plantan cara, no intentar revertir la situación, algo que, normalmente, desencadena el asesinato. “Produce más alarma social cuando la víctima es joven. Y es comprensible. Pero la sociedad debería abrir los ojos con respecto a lo que está pasando con sus mujeres mayores. Ellas lo van aguantando en silencio”.

Cuenta Marisa que la principal demanda, la mayor esperanza que se encuentra en las mujeres a las que forma y asiste es clara: “Que se muera antes que yo. Unos 3 o 4 años antes y así poder tener un poquito de vida tranquila”-.

Fuente:
politica.elpais.com Mayores e invisibles.

CELIA VILLALOBOS "CUBIERTA DE GLORIA"



Celia Villalobos Talero, se ha ganado a pulso una entrada en el blog. Veamos por qué.



¿Por qué alguien que cobra del Estado cantidades vergonzantes de manera vergonzosa se permite hablar de esa manera y no pasa nada? 

Esa actitud chulesca recuerda, en parte, a la de Rita Barberá.



Comenzó como diputada del PP en 1986 y cobra la indemnización de 1.842 euros, exenta de tributación, pese a tener una vivienda en Madrid desde 1987.
Hay que añadir, desde el 1 de julio de 2017, la subida del 1% en su retribución, aplicada a diputados y senadores. Así, Villalobos cobra casi 4.300 brutos de nómina y 1.842 euros, libres de impuestos para gastos. En Navidad, con la extra, cobró casi 8.600 brutos y casi 3.700 euros, libres de impuestos, como diputada del Congreso.

Villalobos ha ‘hecho caja’ como diputada y en la política, en general. Lleva calentando el escaño en la Carrera de San Jerónimo desde julio 1986. Compró una casa en Madrid un año después, a pesar de ello ha seguido cobrando 14 mensualidades al año exentos de tributación. Estamos hablando de 25.534 euros anuales y 102.136 euros para una legislatura completa de 48 meses. Hay que tener en cuenta que las legislaturas no suelen llegar de manera exacta a los cuatro años, pero la cifra es una aproximación a lo que ha podido acumular durante décadas como ingresos públicos invisibles para la Agencia Tributaria. Recordemos que su sueldo superaba los 7.500 euros brutos mensuales mas 1823 euros de indemnización libres de impuestos cuando la pillaron jugando al "Frozen"



Según su biografía,Nació el 18 de abril de 1949 en Málaga.

Vivió en Arro de la Miel, pedanía de Benalmádena, y posteriormente se trasladó a Málaga capital, donde estudió en el Colegio de las Jesuitinas. Al finalizar el bachiller viaja a Sevilla para estudiar la carrera de Derecho, que abandonó al casarse y tener su primer hijo.

Experta en temas socio-laborales, trabajó como dependienta en una tienda de Vogue.



Luchadora antifranquista, estuvo muy cerca de los partidos de izquierda. De vuelta a Málaga, fue funcionaria en los años 70.

Pidió luego el traslado a Madrid para acompañar a su marido, Pedro Arriola, asesor de José María Aznar y Juan Villalonga, con empleo en la CEOE.

A principios de los ochenta empezó a trabajar en Alianza Popular. Con la ayuda de Manuel Fraga desembarcó en Málaga en 1986 como candidata al Congreso cuando era secretaria de relaciones Sectoriales.

Librepensadora en materia de costumbres, no disimula y hace alarde de sus ideas feministas. En cierta ocasión se ausentó del Congreso para no votar en contra de la ampliación del aborto. Aznar le pidió en 1994 que fuera eurodiputada. En Bruselas cometió un desliz impropio de su veteranía; se quitó un año y puso una carrera que no tenía en su ficha biográfica.



Diputada en el Congreso por Málaga desde el año 1989, portavoz, adjunta del PP y presidenta de la comisión del Pacto de Toledo. Está casada con Pedro Arriola (cabeza pensante de Rajoy),​ asesor del PP. Ha sido ministra de sanidad,vicepresidenta del congreso de los diputados y alcaldesa de Málaga. 


En 1995 ganó las elecciones a la alcaldía de Málaga de forma muy ajustada pero en 1999 obtuvo mayoría absoluta. En el año 2000 deja la alcaldía de Málaga para ser Ministra de sanidad entre el 2000 y el 2002. Su papel en el Ministerio fue un tanto polémico, sin embargo, durante esos años se produjo la descentralización total de la Sanidad a favor de las comunidades autónomas que no la tenían aún transferida.​



Ocupó en la VIII Legislatura el cargo de Secretaria segunda del Congreso español. En la IX Legislatura paso a ocupar la secretaría cuarta del Congreso .



En 2009 fue llamada al orden por la presidenta del Parlamento, abandonando la sesión.​ Actualmente vive en Madrid de donde es diputada en el Congreso de los Diputados y forma parte de la mesa de dicha cámara.

El Gobierno le entrega en mayo de 2010 la Gran Cruz de la Orden Civil del Mérito Civil.





En 2011 Mariano Rajoy la propuso ante su partido como Vicepresidenta del Congreso de los Diputados para la X Legislatura.


Su ideología,le ha hecho ganar fama de rebelde cuando se tratan temas sociales al haber actuado varias veces de forma distinta a la establecida por el partido, con marcados desplantes hacia el mismo; así en 1997 desde el PP se le reprochó el romper la disciplina en el debate de una proposición de ley sobre la regulación de las parejas de hecho. También se ausentó del Congreso en la votación en contra de la ampliación del aborto y en abril de 2005 fue sancionada económicamente por votar, por segunda vez, a favor de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. En mayo de 2013 abandonó el pleno del Congreso que debatía una reforma de la ley del aborto, al sentirse contrariada después de que la diputada del PP Beatriz Escudero afirmara que las mujeres que abortan suelen ser aquellas con menor nivel educativo.​ Se cree que la tolerancia a esos desplantes tiene su origen en la posición de la que disfruta su marido como asesor del Partido Popular.​
En cuanto a su capacidad política destacó el haber sido apartada de la Alcaldía de Málaga, especialmente provocada por su proyecto de demoler el barrio de La Coracha, que contó con polémicas tales como el convocar un concurso de ideas para el que se gastó su presupuesto para premios, becas y pensiones de estudio e investigación. Una gestión que hizo que intelectuales, como el escritor malagueño Juvenal Soto,denunciasen que había sumido al Ayuntamiento en la opacidad y en el infortunio financiero.​
Pero este 16 de enero de 2018 fue entrevistada en ‘Los Desayunos' de TVE y allí dejó varios apuntes gloriosos sobre pensiones que generaron todo tipo de reacciones:

  • "Tenemos la obligación de decirles a los que hoy tienen menos de 45 años: ¡cuidado! ¡Preocuparos del ahorro! Hay que favorecer que los trabajadores tengan una mochila con un fondo privado, que no tiene que ser del banco, sino de la empresa, y cuando tú te jubilas tienes un complemento".


  • "Cuando llegue tu jubilación, que puede ser con 70 años o con 80... Yo me quiero jubilar con 80, porque tengo 68 años, a ver quién diría que yo tengo esa edad, ¡porque estoy divina de la muerte!"
  • "En este momento hay un número importante de pensionistas que están ya más tiempo en pasivo, cobrando la pensión, que en activo, trabajando".
  • "En Dinamarca ahora mismo los jóvenes están ahorrando, que tú puedes decir, es ridículo con 20 años, ¡dos euros!"

Mamen Mendizábal le ha enviado un mensaje de lo más acotado pero no por ello menos contundente, y se quedó muy a gusto la presentadora al aportar un dato que Villalobos había sesgado:

"Lo que no dice Celia Villalobos es que el paro juvenil en Dinamarca es del 12% y aquí roza el 45%".
El sistema de pensiones en España está colgando de un hilo, especialmente y a consecuencia del vaciado del Fondo de Reserva, tras lo que el Gobierno se ha visto obligado a pedir préstamos para hacer frente a las pagas extras de los más mayores en 2017.
Ante esta situación, a la exvicepresidenta del Congreso y actual diputada por el Partido Popular, Celia Villalobos, no se le ha ocurrido otra cosa que echar más leña al fuego recomendando a los jóvenes de 25 años que empiecen a ahorrar para su jubilación, porque su pensión pública no está asegurada: “2 euros al mes, menos que una cajetilla de tabaco”. También se ha dirigido a los futuros pensionistas afirmando que “tenemos la obligación de decirle a la gente que ahora tienen 45 años ¡cuidado, preocuparos por el ahorro!, el Pacto de Toledo Toledo se está encargando de estas medidas”.


"LAS PERLAS DE SU BOQUITA"

No sabemos cómo se las apaña esta veterana diputada del Partido Popular para salir a la palestra informativa, casi siempre, por sus declaraciones o por algún comportamiento fuera de lo normal.La exministra de sanidad y exvicepresidenta del Congreso de los Diputados ha sido noticia varias veces, más por su actitud o sus comentarios que por su trabajo.
  • Cuando fue ministra de Sanidad con Aznar su respuesta ante la crisis de las vacas locas fue recomendar a las amas de casa que no echaran los huesos en el caldo.
  • En 2011 protagonizó un episodio en la Junta de Portavoces del Congreso al referirse a las condiciones de contratación de personal discapacitado en el Congreso como "el tema de los tontitos".
  • "La jornada laboral de los españoles es larga porque se entretienen hablando de futbol".
  • También fue noticia durante el penúltimo debate de investidura y su comentario sobre las famosas rastas y los supuestos piojos de un diputado canario de Podemos.
  • Ahora que ya no es vicepresidenta del Congreso y por lo tanto, cobra menos, ha vuelto a ser noticia, al menos blanco de titulares y cabreo en las redes sociales, por su comentario sobre si los altos cargos en España deben ser rico o pobres, disponer de patrimonio o no, aunque sea en un paraíso fiscal. 
  • En el 2011, en un debate televisivo, profirió hacia Pilar Rahola frases como «no tienes derecho a hablar de mis hijos. Has sido muy cerda, eres muy cerda y muy ruin el querer convertir un debate político en un debate personal. Si yo he mandado un año a mi hija a aprender inglés lo he pagado yo. Eres ruin, muy ruin».
  • El 24 de febrero de 2015 fue grabada jugando a un juego similar al Candy Cruch en su iPad mientras intervenía el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, durante el debate sobre el Estado de la Nación siendo ella vicepresidenta primera del Congreso de los Diputados y presidiendo ella la sesión. Las redes sociales se llenaron de comentarios indignados por un comportamiento impropio de un cargo electo remunerado.
  • También fueron muy comentados sus modales en la Comisión de Empleo, recostada de medio lado e interrumpiendo a gritos entre las risas de sus compañeros. 
  • Sobre Podemos dijo: "Me da igual que lleven rastas, pero que las lleven limpias para no pegarme piojos" 
  • Sobre el fallecimiento de una bebé en un hospilal de Melilla en el 2000, afirmó que el fallecimiento se debió a un "error estructural" 
  • A la permanencia de las bebidas alcohólicas en el Congreso acaba de salirle una ilustre defensora, la vicepresidenta primera de la Cámara Baja: Celia Villalobos.... "Celia Villalobos defiende los gin- tonics del congreso - nunca he visto a un diputado borracho-afirmó"
  • Sobre ella misma: “Yo tengo 68 años y estoy divina de la muerte”
  • "España va muy bien, llamas a un restaurante y está lleno"
  • “Gracias a Dios, y eso es una gran noticia, nos morimos cada vez más viejos y cada vez mejor”, e incluso “hay pensionistas que están más tiempo cobrando la pensión que trabajando”.
  • “El sistema de pensiones públicas en España está garantizado por el Estado”, admito que tenemos “un problema porque tenemos más de nueve millones de pensionistas y un futuro de incorporación del baby-boom de miles de ciudadanos”.
  • “En España, el concepto de ahorro no lo hemos tenido nunca ahí” 
  • “Y cuando te jubilas, si la pensión ha bajado, como ha pasado en Alemania o en Francia, pues usted tiene un complemento que se ha elaborado a lo largo de su carrera profesional”.

A Celia Villalobos le deben haber echado un coñac en el café sin que se haya dado cuenta.

Fuentes:
www.elboletin.comLa diputada cree que en España no se ahorra y recomienda a los jóvenes que vayan pensando en ello para completar sus pensiones.
ww.huffingtonpost.es Celia Villalobos hace una de las suyas en el Congreso y en Twitter se lo hacen pagar
www.buscabiografias.com Celia Villalobos Talero Política española
www.elplural.comVillalobos pide a los jóvenes ahorrar “2 eurillos al mes” para su pensiónwww.publico.es Celia Villalobos: “Hay pensionistas que están más tiempo cobrando la pensión que trabajando”
www.periodistadigital.com LA POPULAR SE CUBRIÓ DE GLORIA CON VARIAS IDEAS SOBRE LAS PENSIONES EN TVE
www.sueldospublicos.comRecordamos el sueldo público de Celia Villalobos

La política #Teresa Rodríguez, la actriz #Clara Lago, la policía #Luisa Velasco y las periodistas #Ana Alfageme y #Alejandra Agudo han roto su silencio.

Ilustación: Alejandra Agudo

Un silencio que ahora gracias al movimiento #MeToo ha servido para dos cosas: sanar la vergüenza que sienten las mujeres cuando pasan por esta triste y desagradable experiencia pero sobre todo para sacar los colores al machismo. 

"La sociedad nos educa a nosotras a cuidarnos para no ser violadas o agredidas, pero no educa a los hombres a que se nos respete. La carga de la culpa cae sobre nosotras y esto dificulta que las mujeres puedan relatar lo sucedido no solo por el peso brutal de lo vivido sino por contarlo y enfrentarse a todo tipo de juicios de terceros”, sostiene Isabel Mastrodoménico, directora de la Agencia de Comunicación y Género y experta en Igualdad.

He aquí la experiencias de cinco mujeres que también se han sumado a decir #MeToo y que quieren poner así fin a esta lacra social.

#ALEJANDRA AGUDO, PERIODISTA


Era la una menos cinco de la madrugada de un sábado de verano de 1999. Talavera de la Reina, ciudad tranquila. Tenía 16 años y mis padres esperaban mi regreso a casa a la hora acordada después de pasar la noche con amigos.

"Llego bien", pensé mirando el reloj mientras subía la escalera que separaba el portal de la calle.

Solía ser puntual porque si me retrasaba, mi madre sufría pensando que algo malo me había sucedido. Al final, llegué tarde. Encendí la luz del portal, que entonces no era automática —esa la instalarían después, por seguridad— y cuando abrí el ascensor pude verle reflejado en el espejo, pero no me dio tiempo a reaccionar. Me agarró por la espalda y me tiró al suelo. Debía haber entrado detrás de mí antes de que se cerrara la pesada puerta de madera y cristal. ¡Maldita puerta!
Era alto y rubio. Aparentaba unos 20. Se abalanzó sobre mí y todo su peso me cayó encima. Me tocaba los pechos mientras jadeaba. Ni una palabra pronunció, solo emitía una asquerosa respiración excitada. Varias veces trató de bajarme los pantalones, que llevaba atados. Aquel día, a diferencia de mi atuendo habitual para los fines de semana, no me puse falda. Tampoco top de tirantes, lo sustituí por un cuello alto de licra bien ceñido. Muchas veces he pensado que, pese a lo traumático de la experiencia, tuve suerte. Con la tensión del momento, aquel bastardo no acertó a deshacer el doble nudo, ni consiguió romper la camiseta por más que tiraba de ella. Así que se tuvo que conformar con apretarme el coño y las tetas por encima de la ropa. También el culo, mientras con las rodillas me separaba los muslos y se frotaba conmigo a golpetazos.

Yo gritaba. "¡Ayuda!".

Eso decía mi boca mientras no me la tapaba. No sé si le insulté. Puede que sí. Mi pensamiento, sin embargo, iba por cuenta propia: "Así no, así no". ¡En aquel momento estaba preocupada por no perder mi virginidad de aquella manera! Casi podía intuir el trauma que eso me causaría, pataleaba y braceaba intentando empujarle, apartarle de mí. Quería recuperar el control sobre mi cuerpo y que se acabase aquella humillación. No lo conseguía, aunque al día siguiente me enteré de que en el forcejeo le había arañado la cara, no sé si con las uñas o con las llaves que llevaba en mi diestra y que no solté en ningún momento.

No sé cuánto tiempo pasé atrapada entre el gres y su cuerpo. Quizá fueron menos de cinco o diez minutos. Puede que 15. Fue eterno. Aún hoy recuerdo muchos detalles como si viera una película a cámara lenta.

Creo que se asustó o se hartó de la pelea. De repente, se puso de pie. Le vi mejor. Observé que, efectivamente, medía al menos 1,80, de piel clara, aunque estaba bastante rojo. Llevaba deportivas blancas, bermudas azul marino y una camiseta también azul, aunque algo más claro, con el logo de Port Aventura. En esas agarró el asa de mi pequeña bandolera. Ahí sí estuve rápida.

"Como se lo lleve sabrá cómo me llamo y dónde vivo".

Así que me aferré al bolso con fuerza. Y ya de pie, llorando y gritando sonidos —nada ininteligible, se me había desbaratado el vocabulario— el asa se rompió. Él se quedó con ella y yo con lo importante. Mi nombre y mi privacidad. Se cayó de culo y en su huida a trompicones hacia la calle, se chocó contra el cristal de la puerta. Allí dejó una gran marca de sudor con sus manos que después, por la mañana, la policía examinaría para tomar las huellas.

No me tenía en pie. Marqué el 10 y subí tirada en el suelo del ascensor. Timbre. No sé qué aspecto tenía cuando mi madre (¿quizá mi padre?) abrió la puerta. Lloraba.

"Me han intentado violar en el portal".

Eso dije, aunque no sé si con todas sus letras y palabras. Pero me entendieron. Si no me traiciona la memoria —a partir de este punto los recuerdos son confusos—, mi madre se subió al mismo ascensor que yo acababa de dejar vacío. No llevaba consigo más que su rabia.

"Si se lo encuentra, lo mata", reflexioné más tarde.

Lo siguiente que recuerdo es estar frente a un policía en la comisaría. Me habían dado una taza con agua, pero debido al temblor no logré sujetarla. Le conté esta historia. Describí al agresor. Mis padres no dudaron ni un segundo de que aquello había que denunciarlo, yo tampoco. Afortunadamente.

—Parecía polaco.

—Entonces, ¿le conoces?

—No, parecía. Pero no sé quién es.

No sé por qué lo dije. Resultó que lo era, pero eso no tiene importancia. Creo que fue mientras respondía al agente: de repente, como una punzada, sentí culpa. “Si hubiera cerrado la puerta tras de mí… Quizá quería que me pasara algo para llamar la atención. Si no hubiera ido con ropa tan ajustada… ¿Me había pasado con el maquillaje?”. Respuestas erróneas para tratar de explicar por qué me había ocurrido a mí.

Lo callamos durante un tiempo o eternamente porque siempre nos queda esa duda de si hicimos algo mal. La vergüenza. La primera mujer que me dijo que aquello era más normal de lo que yo creía fue la enfermera que me atendió en el hospital. “A mí también me pasó algo así, bonita. Piensa que esto solo ocurre una vez en la vida, y tú ya lo has pasado”. Por cruel que parezca, aquella frase me tranquilizó. A mí ya no me iba a tocar. Y no estaba sola. Alguien, no sé si ella, revisó mis heridas: me había clavado uno de mis anillos y mi mano sangraba un poco, además tenía marcadas las manazas del agresor en mi cuello. Dos calmantes y a casa a dormir.

Al día siguiente, llevé mi ropa sin lavar en una bolsa a la policía, como habían solicitado. No hicieron falta muchas más pesquisas, aquel domingo soleado ya habían encontrado a mi agresor. Le reconocí.

¿Estás segura?

Yo, desde la parte trasera del coche: “Sí, es él”.

Mi padre llamó al agente que interrogaba al chaval, que después supe que tenía 15 años, y le confirmó mi certeza. Era él, no tenía ninguna duda. Tampoco después, cuando me lo he cruzado por la calle.

"Menos mal que no te ha pasado nada grave".

Sé a lo que se refería mi madre con aquella frase, pero algo me había pasado. Algo que acordamos que solo contaría a mis amigas —como si fuera un secreto— para que, durante un tiempo, me acompañaran a casa por la noche.Sabía que más gente lo sabía, pero nunca hablaba de ello abiertamente. No sé si fue por decisión propia, pero lo sucedido se convirtió en algo que no debía contar, una experiencia vergonzante… ¿Algo de lo que sentirme responsable? Ni siquiera fui al juicio que desencadenó mi denuncia. Casualmente, la citación llegó tarde. Pero siempre he sospechado que mi padre y mi madre escondieron las notificaciones de correos para evitarme el mal trago. Lo que me perdí, según el comisario al cargo del caso, fue su confesión y condena a recibir tratamiento psicológico.

La vida en casa siguió como si no hubiera ocurrido. Borrón y cuenta nueva. No fue así para mí. Aún pido a los taxistas que esperen a que entre en mi casa (probablemente no soy la única que lo hace), miro hacia atrás constantemente si voy por alguna calle poco concurrida y si me cruzo con algún hombre (seguramente una bella persona) en tales circunstancias se me encogen los músculos del cuerpo.

Ya no tengo miedo, pero tampoco me siento una heroína ni más fuerte, como suelen decir algunas famosas cuando manifiestan públicamente las agresiones de las que han sido víctimas. Ojalá nunca me hubiera pasado. Ni le pasara a ninguna. Ojalá todos los hombres del mundo se sintieran iguales a las mujeres y no les pegaran, ni discriminasen ni violasen. Pero todavía uno de cada tres europeos justifica el abuso sexual en determinadas circunstancias, como que ella haya bebido o vaya vestida con ropa "sugerente". Hay mucho trabajo que hacer con ellos.

Miles de veces me he repetido que no fue mi culpa. No me dejé la puerta abierta adrede, ni iba demasiado provocativa, ni quería llamar la atención. No fue mi culpa, ni lo es de ninguna mujer a la que le pase algo parecido, o más grave (como se refería mi madre a la violación consumada). Y somos millones.

#ANA ALFAGEME, PERIODISTA


Nunca pensé en escribir esto. Hay tres momentos de mi vida que yacen sepultados en un rincón muy oscuro de mi cabeza. El más anestesiado. Pero a medida que transcurría el juicio de la manada y esa chica de 18 años se convertía en sospechosa por llevar una vida normal o no morder los penes que le metieron en la boca o no pegar a los cinco hombres que la metieron en un portal de Pamplona, despertó, entre la niebla de la memoria, un dolor que fue mutando en furia. Aumentaba el deseo de contar lo que me pasó a mí. Lo que nos pasa a todas. Concretamente, a una de cada tres mujeres. Y de contar también por qué no hice.

1983. Caminaba por una calle de Plaka, el barrio de Atenas que sube hacia la Acrópolis. Entonces no era una zona recomendable para que una veinteañera se aventurase sola al atardecer. Eso es lo que me contaban. Ya sabía cómo se las gastaban allí. Los hombres más tímidos te soltaban un piropo al pasar. Además de clavarte los ojos en las tetas. Los más agresivos te tocaban.

Por tanto, todo el mundo diría que la culpa la tuve yo. Al doblar una esquina, me topé con un tío, joven, con bigote. Es lo poco que recuerdo. Me dijo algo que no entendí. En la callejuela en la que entré no se veía un alma y el tipo no pasó de largo. Yo le miré de reojo mientras apresuraba el paso.

Sobre todo recuerdo el miedo. Un miedo helador a 35 grados centígrados.

Me agarró por la cintura y me aplastó contra la pared. Era poca cosa, pero tenía mucha fuerza. Respiraba fuerte y olía mal. Grité. Intenté moverme. Nada. Se separó un poco y se llevó la mano a la bragueta. No sé como pude, pero lancé una rodilla hacia arriba. Esta vez el que gritó fue él.

No he corrido nunca como ese día. Ni se me ocurrió denunciar. No se lo conté a nadie.


El hospital donde hacía prácticas (entonces estudiaba Medicina) era un nido de acosadores. A la hora del café, durante la comida, por los pasillos, los médicos varones insistían: "Vente a cenar conmigo" "Yo te enseño el templo de Poseidón"... Nos perseguían tanto a la italiana que compartía habitación conmigo como a mí.

En la consulta para hombres que pasábamos una médica residente y yo, entraban los pacientes y preguntaban por el doctor. Siempre. Tiene guasa, lo que veíamos sobre todo eran enfermos de venéreas y eso significaba que aquellos señores recios tendrían que dejarse explorar por dos mujeres. Un día, harta de desaires, la joven doctora contestó a un campesino: “Somos dos enfermeras y valemos por un médico, así que bájese los pantalones”.

Al año siguiente, recién licenciada, trabajé en un hospital de L’Aquila, cerca de Roma. Una ciudad medieval y amurallada colgada en los Apeninos. El restaurante donde comíamos los becados estaba en la plaza principal, en el punto más alto. Una noche bajaba yo sola después de cenar hacia el colegio mayor, situado extramuros. Oí voces masculinas llamándome. No me volví. Sentí el mismo miedo que un año atrás. Ese frío en verano.

La imagen que rescato es verme tumbada con un tío encima de mí en uno de esos gigantescos pasos de carruajes que dan entrada a los palazzos. No veía su cara. Intentaba bajarme el pantalón y me tapaba la boca. Yo no me moví.

Una calle desembocaba justo donde estaba el portal del palazzo. Las luces largas de un coche iluminaron la escena antes de girar. Mi agresor y sus amigos salieron corriendo.

Esta vez lo conté. Pero tampoco denuncié. Volví a sentirme responsable de caminar sola de noche. No terminé la beca. Me volví a España sufriendo una rara forma de vértigo de la que no se hallaron causas físicas. El suelo bailaba bajo mis pies como si acabase de bajar de un barco.

Muchos años después, como parte del preoperatorio de una intervención quirúrgica que no parecía banal fui a hacerme un electrocardiograma. El doctor era poco más joven que mi padre. Pero noté algo que me impulsó a explicarle profusamente que era colega suya e hija de médico.

Él hablaba poco. Mi intento no sirvió. Al tiempo que me quitaba los electrodos del torso desnudo (nunca me había sentido tan expuesta) me tocó.

Solo reaccioné cuando cerré la puerta de aquel anticuado y oscuro consultorio. ¿Por qué no le empujé?¿Por qué no había gritado? ¿Por qué no lo hacía ahora? Temblaba de rabia hacia mí, no hacia aquel inmundo colega que manoseaba a las mujeres que tenían que explorarse el corazón.

No denuncié a ese médico que, sí, esta vez tenía nombre y apellidos y pertenecía a un seguro privado. Cuando me calmé, me dije que no había nadie más en su consulta y que sería su palabra contra la mía. Y me preocupaba más la operación.

Cuando me puse a escribir, a derrumbar el muro y a revisar el dolor comprendí que mi silencio fue sinónimo de vergüenza, de culpabilidad o de negación, ya que esa es la forma más básica de enfrentar un trauma.

Contar ha sido un bálsamo, la llave a otra libertad. Quiero contribuir a hacer visible el lado más espantoso del machismo, y de una forma u otra, que mi testimonio sirva de espejo para ellas y de cuestionamiento para ellos a través de la empatía. Cuento esto porque ahora puedo hacerlo. Porque entiendo a todas las que, como yo, no denunciaron. Que se sintieron culpables. Por caminar solas de noche en un lugar extranjero. Por no resistirse. Por no reaccionar. Ellos son los únicos culpables. Sirva para que una sola mujer, en este momento, no se calle. O para que un hombre, aunque solo sea uno, se ponga en mi piel.

El feminismo, bendito feminismo, nos ha enseñado que en realidad esta historia es la de un hombre que vio una presa en mí en una calle oscura de Atenas, la de la pandilla de chavales que me fichó por extranjera, y la del médico que usaba su consulta para abusar de sus pacientes. Ellos son los únicos culpables.


Según un estudio de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (FRA) el 55% de las europeas han sido víctima de acoso sexual. O lo que es lo mismo, 102 millones mujeres, han tenido que soportar en algún momento de su vida besos, abrazos, tocamientos indeseados, comentarios sexualmente insinuantes, mensajes sexualmente explícitos o conductas exhibicionistas. Los datos además añaden que el acoso a una de cada 5 de estas mujeres se prolongó más de dos años o que solo un 4% denunció el incidente a la policía.


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LA LUCHA CONTRA LA COSIFICACIÓN DE LA MUJER.


El tsunami Weinstein ha mostrado que el acoso sexual no es solo propio de la meca del cine sino transversal a una sociedad machista que cosifica a la mujer y que patrocina la cultura de la violación. De hecho según un estudio de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (FRA) el 55% de las europeas han sido víctima de acoso sexual. O lo que es lo mismo, 102 millones mujeres, han tenido que soportar en algún momento de su vida besos, abrazos, tocamientos indeseados, comentarios sexualmente insinuantes, mensajes sexualmente explícitos o conductas exhibicionistas. Los datos además añaden que el acoso a una de cada 5 de estas mujeres se prolongó más de dos años o que solo un 4% denunció el incidente a la policía.

Un silencio que ahora gracias al movimiento #MeToo, -y que en nuestro país han abanderado actrices como Leticia Dolera, Leonor Watling, Carla Hidalgo,  modelos como Minerva Portillo y periodistas como Marisa Gallero- ha servido para dos cosas: sanar la vergüenza que sienten las mujeres cuando pasan por esta triste y desagradable experiencia pero sobre todo para sacar los colores al machismo.


#LUISA VELASCO, INSPECTORA DE POLICIA

Luisa Velasco Riego es doctora en Psicología por la Universidad de Salamanca. La primera y hasta hoy única inspectora de policía de Salamanca y autora de numerosos artículos y publicaciones sobre violencia de género. Inspectora de Policía Local y hasta el año 2000 tenía una carrera brillante. Vivía por y para su trabajo: “proporcionar ayuda a tantas y tantas víctimas supervivientes de violencia y sus familias”. Hasta que comenzó una pesadilla que a día de hoy aún continúa. Cuando era oficial, un superior (del que no puede decir públicamente su nombre porque puede suponerle demandas por difamación) le propuso mantener relaciones y ella se negó. “Acababa de divorciarme y pensé que era una tontería y se le pasaría”. Pero no fue así.
Hoy esta doctora especializada en Psicología, mediación familiar y violencia de género, ha decidido sacar su historia de acoso sexual y laboral fuera de Salamanca, la ciudad en la que reside, y gritarla a los cuatro vientos. “Cuando veo a las actrices que han denunciado. Nadie duda de ellas, son creídas. Cuando Zaida Cantera contó su caso a Jordi Evole, todo el mundo la creyó, nadie dudaba. Mi caso es muy parecido al suyo pero ¿te das cuenta? Yo escondida, apestada, como si yo hubiera hecho algo malo. En el fondo me dan envidia al menos las creen, es lo que nos queda, que nos crean”, comenta apenada. “Todo lo que me está sucediendo es tan doloroso. Las pesadillas con él sintiendo que me toca, me agarra...cada día pensando en él, en todo lo que me hacía. Unas pesadillas terribles”, relata.



SU REPUGNANTE OLOR Y ALIENTO

Y es que Luisa aún siente en su piel “sus asquerosas manos; la cantidad de veces que accedía al cuarto de las taquillas de las mujeres dónde nos cambiábamos de ropa…Su aliento junto a mi cara… No puedo olvidar su repugnante olor. Estuve soportando esta situación durante mucho tiempo hasta que finalmente decidí poner en conocimiento de los superiores estos hechos, ya que del acoso sexual pasó al acoso laboral”ha contado en el diario El Español.
Un acoso que llevó a los tribunales pero que el juez estimó no eran acciones constitutivas de delito. “Pero esto me sirvió para que durante un tiempo me dejase en paz. Estuvo fuera de la ciudad durante un tiempo, lo que afortunadamente le alejó de mí, mientras yo continuaba con mi vida y con la misma ilusión por mi trabajo”. Tanto fue así que Velasco siguió con su trayectoria profesional sin problema alguno, asciendo a Subinspectora en 2006 y a Inspectora, en 2010. “Intenté que aquello fuera algo del pasado, había decidido por mi salud cerrar esa puerta, que juro pensé que jamás se volvería a abrir” 
Sin embargo no fue así. “En el año 2010 este señor regresa y vuelve con sus pretensiones aproximándose de forma sibilina, pero es frenado por quien era el Jefe de la Policía en aquél momento”. Dos años después su vida volvió al calvario cuando su agresor fue ascendido a Jefe superior, quedando el anterior jefe apartado. “Me veo sola, con una nueva corporación municipal, y ¿por qué no decirlo? avergonzada también. De repente con sus conductas surgieron los fantasmas del pasado. Invadida por el miedo sabía lo que se me venía encima. Sabía que no tardaría en intentar de nuevo su propósito y que además no olvidaría aquella denuncia”.
Pero su jefe había cambiado de táctica. “Comenzó con rozarme ligeramente las manos cuando intercambiábamos algún documento; pensé que era imposible, que serían imaginaciones mías. No podía creerlo, no quería pensar que el sufrimiento volvería de nuevo. Ese asco, esa repugnancia que me producía… Me agarraba los brazos, me aproximaba hacía él, me cogía de las manos… me bloqueaba tanto que ni siquiera era capaz de soltarme y echar a correr. Solo podía llorar cuando estaba a solas. No me atrevía a contarlo. Sentía una profunda vergüenza ¿Quién me creería? Si anteriormente no me creyeron porqué ahora sería diferente. Soporté humillaciones, vejaciones, miedo, discriminación (soy la única Inspectora del Cuerpo) mi salud se resentía cada vez más”
La situación era tan insostenible que a finales del 2013, y tras varios episodios más graves ella volvió a denunciar. “Esta vez penalmente, con un gabinete de abogados fuera de mi ciudad (el miedo es libre ante el poder). Inicio acciones penales pero el juez estimó que dichas acciones no eran constitutivas de delito, lo que no quiere decir que no existieran, sino que no tenían relevancia penal, si bien en el ámbito social he logrado dos sentencias favorables, estimando que se trata de un accidente laboral”relata en el diario El Español.
Lo cuento porque ahora puedo hablar sin llorar. La cicatriz queda pero aprendes a vivir con ello. No quiero callar más. Porque el silencio nos hace cómplices. Cuando no te creen te sientes culpable de haber sacado todo a la luz. Porque me lo debo y se lo debo a las personas que me han apoyado y me han creído. Ya no siento vergüenza. Merezco que se sepa lo ocurrido porque quien tiene que agachar la cabeza es quien acosa y quien se tiene que avergonzar. Porque no quiero esconderme más. Debo ser congruente con mis valores, defender mi dignidad, la mía y la de tantas mujeres que, como yo, se enfrentan al acoso cada día sin saber qué hacer. Para que la sociedad, las autoridades, dejen de mirar para otro lado. Porque hoy soy yo y mañana, puedes ser tú”, finaliza.Y es que Luisa aún siente en su piel “sus asquerosas manos; la cantidad de veces que accedía al cuarto de las taquillas de las mujeres dónde nos cambiábamos de ropa…Su aliento junto a mi cara… No puedo olvidar su repugnante olor. Estuve soportando esta situación durante mucho tiempo hasta que finalmente decidí poner en conocimiento de los superiores estos hechos, ya que del acoso sexual pasó al acoso laboral”ha contado en el diario El Español.

Un acoso que llevó a los tribunales pero que el juez estimó no eran acciones constitutivas de delito. “Pero esto me sirvió para que durante un tiempo me dejase en paz. Estuvo fuera de la ciudad durante un tiempo, lo que afortunadamente le alejó de mí, mientras yo continuaba con mi vida y con la misma ilusión por mi trabajo”. Tanto fue así que Velasco siguió con su trayectoria profesional sin problema alguno, asciendo a Subinspectora en 2006 y a Inspectora, en 2010. “Intenté que aquello fuera algo del pasado, había decidido por mi salud cerrar esa puerta, que juro pensé que jamás se volvería a abrir” 

Sin embargo no fue así. “En el año 2010 este señor regresa y vuelve con sus pretensiones aproximándose de forma sibilina, pero es frenado por quien era el Jefe de la Policía en aquél momento”. Dos años después su vida volvió al calvario cuando su agresor fue ascendido a Jefe superior, quedando el anterior jefe apartado. “Me veo sola, con una nueva corporación municipal, y ¿por qué no decirlo? avergonzada también. De repente con sus conductas surgieron los fantasmas del pasado. Invadida por el miedo sabía lo que se me venía encima. Sabía que no tardaría en intentar de nuevo su propósito y que además no olvidaría aquella denuncia”.

Sin embargo su jefe había cambiado de táctica. “Comenzó con rozarme ligeramente las manos cuando intercambiábamos algún documento; pensé que era imposible, que serían imaginaciones mías. No podía creerlo, no quería pensar que el sufrimiento volvería de nuevo. Ese asco, esa repugnancia que me producía… Me agarraba los brazos, me aproximaba hacía él, me cogía de las manos… me bloqueaba tanto que ni siquiera era capaz de soltarme y echar a correr. Solo podía llorar cuando estaba a solas. No me atrevía a contarlo. Sentía una profunda vergüenza ¿Quién me creería? Si anteriormente no me creyeron porqué ahora sería diferente. Soporté humillaciones, vejaciones, miedo, discriminación (soy la única Inspectora del Cuerpo) mi salud se resentía cada vez más”



La situación era tan insostenible que a finales del 2013, y tras varios episodios más graves ella volvió a denunciar. “Esta vez penalmente, con un gabinete de abogados fuera de mi ciudad (el miedo es libre ante el poder). Inicio acciones penales pero el juez estimó que dichas acciones no eran constitutivas de delito, lo que no quiere decir que no existieran, sino que no tenían relevancia penal, si bien en el ámbito social he logrado dos sentencias favorables, estimando que se trata de un accidente laboral”relata en el diario El Español.

Lo cuento porque ahora puedo hablar sin llorar. La cicatriz queda pero aprendes a vivir con ello. No quiero callar más. Porque el silencio nos hace cómplices. Cuando no te creen te sientes culpable de haber sacado todo a la luz. Porque me lo debo y se lo debo a las personas que me han apoyado y me han creído. Ya no siento vergüenza. Merezco que se sepa lo ocurrido porque quien tiene que agachar la cabeza es quien acosa y quien se tiene que avergonzar. Porque no quiero esconderme más. Debo ser congruente con mis valores, defender mi dignidad, la mía y la de tantas mujeres que, como yo, se enfrentan al acoso cada día sin saber qué hacer. Para que la sociedad, las autoridades, dejen de mirar para otro lado. Porque hoy soy yo y mañana, puedes ser tú”, finaliza.

#TERESA RODRIGUEZ, POLÍTICA




Teresa Rodríguez _ coordinadora y portavoz de Podemos en Andalucía sufrió hace un año (el 20 diciembre de 2016) una agresión “degradante y sexista” por parte del empresario sevillano Manuel Muñoz Medina, quien la acorraló e intentó besarla en un acto institucional. El vil episodio lo relató en primera persona la política andaluza en su muro de Facebook.




Ahora Muñoz, para quien todo fue “una mera broma” y que de la parlamentaria dice es "una persona timorata" o "de tal debilidad emocional ya que un simulacro de beso le haga sentirse gravemente humillada y ultrajada", está procesado en el Juzgado de Instrucción número 11 de Sevilla por unos hechos que podrían ser constitutivos de un delito de atentado contra la autoridad y contra la integridad moral por simular besar a Teresa Rodríguez.

La Fiscalía y la diputada de Podemos piden un año y nueve meses de prisión y 6.500 euros de indemnización que Rodríguez prevé donar a asociaciones que trabajan con víctimas de la violencia de género.

"No son bromas, son delitos y la ley debe proteger a las personas objetos de estas agresiones", mencionó Teresa.

Espero que la denuncia haga pedagogía con los hombres que son los que la necesitan. Decir, ¡señores!, la palmadita en el culo a la secretaria, el acercamiento de cebolleta a la compañera en la oficina, el acoso a la viandante desconocida, el 'catenaccio' a la recién conocida en la discoteca, te pueden llevar a los tribunales.

Me gustaría que la vergüenza social y personal recaiga sobre quienes abusan y acosan y no sobre las abusadas y acosadas. Yo quiero empoderar a las mujeres, sí, pero si solodepende de que seamos todas wonder woman no va a funcionar. Hay que señalar a los hombres que acosan, humillan y abusan y hay que señalar al sistema, ese es el que nos disciplina desde pequeñas y pequeños como seres de distinta estatura. Como agresores y agredidas o como protectores y protegidas. Se llama patriarcado, es un sistema de dominación milenario y está implantado en todos los países del mundo además de en nuestras propias mentes.

Para que dejen de darse estos acosos tienen que desaparecer: las brechas salariales,la división sexual del trabajo y del empleo,los catálogos de juguetes por colores y por roles, el adoctrinamiento escolar de género que le dice a la niña que sus atributos deben ser la docilidad, el miedo y la necesidad de protección y que le dice al niño que sus atribuciones son la dominación y el control. pero para esto y aún mas que da mucho.

#CLARA SERRA, DIPUTADA


La diputada de Podemos en Madrid y profesora de Filosofía Clara Serra se ha unido a la campaña internacional #Metoo (#Yotambién), con la que mujeres de todo el mundo se han conectado para denunciar que han sufrido algún tipo de acoso o agresión sexual.

"También he tenido un jefe que te dice, por ejemplo, que tienes que cenar con él", comienza diciendo la diputada en un vídeo subido en su cuenta de Instagram. "También me he levantado de un asiento del autobús porque un viajero estaba ocupando mi espacio con sus piernas y me estaba rozando. O también he sido agarrada por un desconocido por la calle y he tenido miedo"

Serra cuenta episodios en los que ha sufrido y se ha visto "sola" porque a la gente que tenía a su alrededor "no le extrañaban" esas situaciones. Y por eso insiste en no normalizarlas. "Cientos de mujeres salimos a hacer visibles situaciones que no son invisibles porque ocurran fuera de los espacios públicos sino porque, aunque pasan delante de nuestros ojos, están normalizadas y consentidas"

Romper el silencio es, por una parte nombrar lo que permanecía sin nombrar, oculto e invisible, no por estar desaparecido sino por aparecer bajo el manto de la normalidad.A veces las cosas no se ven no porque no estén presentes sino porque están perfectamente integradas y asumidas, es el caso del acoso y el abuso de poder sexual, algo que en mayor o menor grado ocurre en espacios públicos como centros de trabajo o el transporte público


Romper el silencio es ponerle nombre e identificar esas actitudes como el machismo y hacer que aprendamos a mirarlas, que salgan de la normalidad, que nos extrañen y que las denunciemos. Romper el silencio es también que las mujeres hablen como sujetos dueños de sus cuerpos, de su deseo y de su voluntad, que afirmen lo que quieren y lo que no. Eso también es una manera de romper el silencio.

Una sociedad que nos cosifica es una sociedad donde somos objetos y no sujetos, donde somos objeto de la voluntad de otros, objeto de deseo de otros y donde nuestra propia voluntad o nuestro deseo nunca se esperan.



Fuentes
salamancartvaldia.esLuisa Velasco, Inspectora de la Policia Local de Salamanca, denuncia acoso sexual y laboral.
www.salamanca24horas.com La primera inspectora de la Policía Local denuncia públicamente el acoso sexual y laboral que sufrió por parte de un superior
www.elnortedecastilla.esLa primera inspectora de la Policía Local de Salamanca denuncia el acoso sexual y laboral de un superior

www.elespañol.com espanolas-mujeres-conocidas-denuncian-acoso-sexual
politica.elpais.com El empresario acusado de acosar a Teresa Rodríguez se niega a declarar ante el juez
www.diarioinformacion.com Abren juicio al empresario que simuló besar a Teresa Rodríguez
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